El amor es un sentimiento único y unificador, que no diferencia entre sujeto y objeto, entre amante y amado. El amor simplemente ES. Cuando se dirige o se focaliza se “disecciona” y deja de ser. Y así como cuando separo las partes de un todo acabo con él, cuando separo la capacidad de amar y la de ser amado acabo con el amor.
El amor es acción, el amor es AMAR. La sabiduría popular nos ha indicado que no es posible amar a los demás sin amarme a mí mismo, y que tampoco es posible amarme a mí mismo sin amar a los demás. El amor es un acto que ha de fluir y expandirse hacia y desde todas direcciones (como el universo).
El amor es uno sólo, indisoluble e indiferenciado, y esto el ego lo interpreta como una amenaza. Primero, porque anhela ser objeto de amor, ser amado, y para esto requiere ver el amor como algo separado se sí mismo; por esto el ego inventa el autoestima, como un intento de sobrellevar la incapacidad de sentir el amor como un todo, creyendo que dándome un valor me doy amor, llegando así a ignorar mi sombra (lo que me desagrada de mí mismo) y a estimar principalmente mis cualidades. Se refuerza entonces la separación, alejándome cada vez más de una auténtica experiencia del amor.
Y segundo, el ego interpreta el amor como una amenaza por el temor a la pérdida de sus límites, temor del ego a ser parte de un todo, porque esto simbolizaría su muerte (¡La muerte del ego!).
El amor es una ruptura de la zona intermedia entre la experiencia interior y la exterior. Esta zona media está compuesta por pensamientos, miedos y otras ilusiones que no corresponden a la experiencia verdadera del momento, y que impiden el vivenciar plenamente la experiencia del cuerpo y del ambiente. La usamos para refugiarnos y revolcarnos en el pasado, para proyectarnos o angustiarnos en el futuro, o para escapar a cualquier otro sitio imaginario en el que no nos encontramos realmente. La usamos para evitar que nuestras necesidades se expresen espontáneamente y para bloquear la satisfacción que pueda venir del ambiente de estas mismas necesidades.
El amor es, entonces, diferente de la estima o del aprecio, que no son más que valoraciones parcializadas, condicionadas, circunstanciales y, por consiguiente, racionalizadas.
Es diferente, también, del apego, que es una cosificación del objeto de afecto, del supuesto ser amado, y responde más a emociones como el miedo y la tristeza, pero de manera irracional, como lo son el miedo a la soledad o creencias de pobre autoeficacia (creer que no soy capaz de obtener el amor de otra persona), excesiva vulnerabilidad (creer que soy débil y necesito de la protección física, emocional material, de otra persona) o dependencia (creer que sin la otra persona no puedo vivir).
El amor es lo que nos incluye en la totalidad, y sentirlo conecta, incluso a pesar de la distancia o la ausencia, porque hablar de ausente es hablar de un objeto, un sujeto y la distancia entre ellos.
Cuando soy amor actúo amorosamente, y esto toca a toda persona con la que establezco un auténtico contacto.
Cuando soy amor se desvanece el deseo de poseer a otra persona, se ser poseción de alguien, e incluso el de poseerme a mí mismo, desvaneciéndose la angustia (que es un producto mental) y abriendo el cuerpo para entregarme plenamente a la experiencia.
1 comentario:
Me ha gustado mucho tu post. Es verdad que el miedo a perder los límites personales incapacita para la riqueza del amor. Si supiéramos que en realidad ganamos no tendríamos tanto miedo a la más grande experiencia de la vida: nuestra propia esencia amorosa.
Un abrazo
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