Ya hace mucho tiempo que tuve la oportunidad de leer un hermoso libro sobre sobrevivientes del abuso sexual en la infancia, llamado “EL CORAJE DE SANAR” de Ellen Bass y Laura Davis; tema emocionalmente conmovedor, ya sea que hayamos sido víctimas o no.
Del libro me marcaron 2 cosas fundamentales.
Primero me llevó a reflexionar sobre mis problemas y sucesos desagradables de mi infancia, que, a pesar de que fueron dolorosos para mí, creo que en nada se pueden comparar con un abuso sexual.
Y segundo me gustó la capacidad de las autoras de distinguir entre víctimas y sobrevivientes.
La víctima es la persona que tanto física, como emocional y mentalmente, aún vive las consecuencias de su abuso. Mientras que el sobreviviente del abuso sexual en la infancia es quien ha aprendido a llevar una vida digna y llena de esperanza, a pesar de tan traumática experiencia.
Es así que me doy cuenta que víctimas y sobrevivientes conocemos a diario, las noticias nos hablan de víctimas del conflicto armado, de la ola invernal o del secuestro, pero es poco lo que conocemos de los sobrevivientes, especialmente porque ser una eterna víctima tiene sus ventajas. Las víctimas populares reciben atención, les realizan entrevistas o hasta escriben libros; y las víctimas comunes y corrientes también reciben atención, se les compadece y se les tienen consideraciones especiales. El vivir el sufrimiento se convierte en una ventaja y en un estilo de vida.
Las heridas de nuestra infancia, por abusos, abandonos, rechazos, humillaciones, injusticias o traiciones, fueron, efectivamente dolorosas, tanto física como emocionalmente, y ese dolor nos sirvió para buscar la forma de protegernos, sanarnos y suplir necesidades. Así el niño abandonado por su madre, por ejemplo, busca apegarse a otras mujeres o figuras femeninas que puedan proveer cariño y seguridad, y estará dispuesto a hacer cualquier cosa para obtenerlo y no volverlo a perder, porque lo necesita realmente, o podrá optar por desconfiar y odiar a cualquier mujer que desee brindarle el afecto y protección que la madre no le dio, por el mismo temor a volverlo a perder.
En ambos casos el dolor es la fuente de motivación, ya sea para una reacción de apego o de rechazo, y ambas reacciones representan una defensa del organismo, que procura la satisfacción de necesidades emocionales básicas y la protección.
Pero cuando esta defensa se prolonga durante demasiado tiempo, llevándola desde la infancia hasta la vida adulta, se puede convertir en un problema. Llorar cuando estoy perdido es algo normal, pero llorar todo el tiempo no lo es. Cubrirme la cabeza para protegerme si algo se me viene encima es lógico, pero permanecer por el resto de mi vida con un casco puesto es innecesario. Sentir rabia cuando me ofenden es una reacción normal, pero cargar con esa rabia, incluso cuando no me están ofendiendo es un problema.
Las emociones empiezan a convertirse en parte de nuestro “carácter”, y esta justificación del carácter, el “yo soy así”, es una estrategia para sufrir indefinidamente los dolores pasados, para vivir y revivir nuestros traumas y tensiones aún cuando ya no es necesario.
Cambiar el pasado es imposible, e intentar olvidarlo sabemos lo difícil y desgastante que es, por eso la solución está en darle un nuevo sentido y un nuevo significado. Pasar de víctimas a sobrevivientes, ver las fortalezas adquiridas de mis experiencias, identificar cómo he salido adelante a pesar del dolor, confiar en que cada día seré más fuerte, más sabio, más digno, y tomar responsabilidad, porque la madurez no es tener carácter y ser cada día más rígido, sino que consiste en tener la flexibilidad y autonomía de satisfacer mis propias necesidades, sin esperar o manipular a otros para que las satisfagan por mí.
Cada día le damos sentido a nuestras experiencias, y es decisión personal brindarles un significado constructivo y valioso; rescatando el aprendizaje y descartando el acontecimiento, porque éste, tarde o temprano, hará parte de un pasado que ha de quedar atrás para poder avanzar en la vida.